sábado, 18 de febrero de 2017

Arrugas; el arte.

Fotografía por Erre Vinter
“Una vez leí que los músicos no se retiran, lo dejan cuando no hay música en ellos. Yo todavía tengo música, de eso estoy completamente seguro”, dijo Robert de Niro en El Becario. Si me preguntas cuál es mi película favorita de todos los tiempos puede ser que no te sepa contestar. Pero en cambio, si me preguntas en qué película te quedarías a vivir, con cuál vuelves a sonreír, sea cual sea el peso que llevas sobre los hombros, no dudo; El Becario. Y es probable que la culpa la tenga este amor desmesurado por lo de antes.

El arte de los pequeños detalles, del observar y cuidar a los que te rodean con mimo, con sabiduría, calma y la fiereza de un león es lo que hace que vaya ya por la undécima vez. Y al acabar de verla siempre la misma conclusión: tenemos tanto que aprender de los mayores, de los sabios, antes de que se nos vayan que qué susto.


Fotografía por Erre Vinter

 Ellos, que se visten siempre para la mejor ocasión, que no creen en la imposibilidad de un arreglo, de un enmiendo, que no conciben el tirar a la basura ni objeto ni forma de pensar, que son mucho más abiertos de mente que todos nosotros juntos, que lo han visto todo, todo. Los abuelos; esos que llevan siempre un pañuelo, no para ellos, pero porque además de ser un hombro en el que llorar, secan las lágrimas de los demás y sonríen. Porque sonreír no es la solución pero si os fijáis, es la conclusión al final de una vida en la que se rinden a ser felices, quede lo que quede.

Fotografía por Erre Vinter
Por no hablar del desprestigiado arte de las arrugas, pequeñas grietas en la cara de los que han sabido vivir. Hay arrugas que apuntan al cielo, que sonríen aún cuando en un descuido los labios se olvidan, y en cambio, por desgracia, hay arrugas que apuntan al suelo, que calan, que entristecen. Hay labios que se quedan tristes para siempre, por costumbre. Hay ceños que se quedan fruncidos y en cambio hay patas de gallo, de las buenas, de las de haber obligado a los mofletes a reír prolongadamente. Y esas, esas son las que buscamos. Elegir qué arrugas nos van a marcar por muchos muchos años es, un poquito, cosa nuestra.

Y de ahí mi total fascinación por las líneas de vida, de ahí que no sea capaz de mirar a un sabio sin emocionarme. De ahí que cuando las pequeñeces de mi mundo se aúnan para hacerme creer que merezco entristecer, vuelvo a ellos, a los abuelos, a los expertos en vivir. Cuando puedo, vuelvo a mi abuela, la que se aleja del sofá, sigue enseñando a leer, nada una hora al día, vive por y para su ración de serotonina (bombones, preferiblemente de licor) diaria y nada, como poco, trescientos metros lisos sin sacar la cabeza del agua. Siempre, recuerdo a mi abuelo, sentado en la gran mesa de madera, haciendo crucigramas y con una montañita de pañuelos de tela al lado, porque somos muchos y muchos éramos los que nos sentábamos a su vera a contarle, porque sea la hora que fuere, escuchaba. Y cómo lo hacía.

El otro día, por casualidad, me topé con un documental precioso en el que habían tres protagonistas centenarios y les preguntaban cuál era el secreto de la vida. Hablaban de cómo habían elegido vivirla y de sus arrepentimientos, en cierto modo. No puedo recomendar más echarle un vistazo y tratar de no emocionarse, pero emocionarse bonito con esas sonrisas que brillan por los ojos. Dice Clifford que un chorrito de Whisky ocasionalmente ayuda (y que está feliz de seguir sangrando al gobierno por tener que pagar eternamente su pensión), dice Tereza que ella a veces, juega a juntar en su mente a toda la gente que ha conocido en su vida y que los ve felices y celebrando, por ser únicos todos y cada uno de ellos. Y bueno John, que sonríe como un niño cuando al preguntarle la edad, contesta, ciento dos años ¡y medio! y recuerda las noches en las que no dormía de joven por ponerse a escuchar en la radio la Schenectady New York con las bandas de Jazz.

Después de verlo he necesitado unos cuantos días de dejarlo macerar para ver claro que en la vida lo primero y lo último vamos a ser nosotros y nuestras decisiones. Tus decisiones te acompañarán al final de tus días y de quién elijas rodearte marcará cómo pasarás esos días en los que la sabiduría te inunde y ojalá que el estar bien, también. Dejar de entretener a gente tóxica, ayudar a crecer a la que tenemos cerca y queremos que se quede hasta el final y ser fieles al lema de John “Keep right on to the end of the road”, hasta el final, Saliendo de casa, moviéndose y buscando la emoción a la luz de cada uno de sus días, como acumulándola en el fondo de su retina por si algún día la necesitásemos de más.

Fotografía por Erre Vinter
Pero decidme, ¿no son las cosas de antes mucho mejor? Superad la sensación de ir a trabajar pedaleando a ritmo de Django Reinhardt y su “Sifflez en travaillant” con los siete enanitos en una versión un poco especial. Probadlo.

Probad, también a descubrir al maravilloso Erre Vinter, artista de los que ya no quedan, que se da entero altruistamente, que escucha como el saber hacer de los centenarios, que anda despacito y con buena letra pero que va a llegar lejos. Se le iluminó la cara un día, cuando compartíamos mesa en nuestra bonita Ruzafa al hablar de la fotografía de las arrugas y desde entonces no he dejado de pensar en garabatearle todas las fotos con historias. Y hoy me ha dejado. Sé que tiene un rincón mágico donde podéis mirar su trabajo y a ver si me ayudáis, porque tengo el firme propósito de hacer  que el New York Times le dé un silbidito, se lo tiene ganado.

Fotografía por Erre Vinter.




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